Mucho se ha hablado en estas últimas semanas sobre nacionalismos periféricos. Todo viene al cuento del resultado electoral de Galicia, en menor medida, y País Vasco -de toda la vida Vasconia o Vascongadas, y que los izquierdistas, por miedo a ser llamados, por Dios, fachas o españolistas, llaman Euskadi, un termino inventado por Sabino Arana, precursor de la ideología Nazi, e inventor, también de la Ikurriña-.
El caso es que estos auténticos liberticidas, los nacionalistas, creídos progresistas o liberadores, mesías salvadores de pueblos oprimidos por la brutal represión españolista -olvidándose del carácter infantil y a la vez reaccionario del nacionalismo en sí- se sienten atacados una vez que se vislumbra en el horizonte su pérdida del poder, en el caso vasco. En el caso gallego, sólo les queda aceptar las cifras que han dejado la consulta electoral. El PNV, uno de los escollos mas claros para la consolidación de la democracia en parte del territorio español, un partido fanático, al borde de la xenofobia, cree que va a seguir gobernando decida lo que decida el parlamento vasco. Una prueba de su talante democrático, que deja clara la hipocresía de Anasagasti, que considera al PP como un partido “franquista”, pero no explica como es posible que en un partido así, hayan aceptado la integración de liberales y cristianodemócratas, o este partido sea aceptado en el Partido Popular Europeo. Se trata -evidentemente- de una de las mentiras nacionalistas más difundidas tanto en País Vasco como en Cataluña. Una especie de escudo, que a falta de programa, esgrimen los nacionalistas para justificar su voto en detrimento de los partidos nacionales. Lo cierto es que, cuando conviene, las izquierdas tampoco se libran del desaire nacionalista. PP, PSOE, UPyD, y Ciudadanos, son tildados de “nacionalistas españoles”, o siervos del estado opresor, de la metrópoli que los tiene en una situación colonial, que pactan por ejemplo para que a las elecciones no se pueda presentar Batasuna, olvidando que ésta última formación dista mucho de ser un partido político, que es una franquicia del grupo terrorista que lleva décadas impidiendo que en las provincias vascas y parte de Navarra, amén de los asesinatos en el resto de España, se pueda desarrollar por completo un régimen de libertades, y que la gente pueda opinar libremente y aceptar la crítica al nacionalismo y el aporte de nuevas ideas. Está claro que al PNV le interesa que ningun ciudadano residente en el la Comunidad Autónoma Vasca pueda pensar libremente sin temor a ser blanco de una organización terrorista, mafiosa y antidemocrática. Sin embargo el PNV peca de hipócrita, de senil y de autoritario, en su cosmovisión monista de la sociedad vasca “el que no sea nacionalista no tiene derecho a vivir”-que dijo el senador Maqueda- cuando llora por los votos de los que apoyan a los asesinos, y se le olvidan los cientos de miles de ciudadanos del exilio vasco que no pueden votar en las elecciones y que duplican según las estimaciones mas exíguas, y triplican, según otras mas acordes, el número de votos que pudiera tener el entorno nazi-terrorista de Batasuna. Es cierto, en Cataluña a día de hoy, no hay terrorismo. Pero de ahí, a que se pueda opinar libremente sin ser ridiculizado o demonizado, o expresarse en el espectro oficial en la lengua madre de la mayoría de los catalanes -el español- dista un abismo: sólo hay que recordar la foto que le enviaron a Albert Rivera -catalán de toda la vida-, presidente de Ciutadans-Ciudadanos, con una bala real incrustada en la frente. O el derribo el toro de osborne que los vecinos de un pueblo, a quienes les gusta la imágen, se afanan en levantar cada año, cada vez que una serie de fanáticos independentistas analfabetos, llenos de odio, lo derriban olvidándose de la libertad de las personas a quienes les gusta, por artística, la representación escultórica. O las multas por rotular en castellano, que esgrimen ser por no rotular en catalán, que es la lengua oficial, aunque el castellano también lo sea y a nadie se le obligue a hacer lo propio con la lengua mayoritaria de cataluña y de otras muchas regiones del mundo. Por cierto, a quienes rotulan en chino y en árabe exclusivamente, no se les persigue. O el engaño sufrido por multitud de estudiantes de intercambio que vienen a Barcelona con intención de aprender español y son timados, obligados a estudiar una lengua que no solicitaron. Para más inri está la demonización de quienes nos mostramos críticos con el nacionalismo: somos enemigos de sus regiones, de sus patrias, nostálgicos del franquismo y de la inquisición, que deseamos explotarles, imponerles nuestra lengua. Cabe recordar que en el resto de España, también en Cataluña y País Vasco, se votó a favor ganando el Sí en todas las provincias, de la oficialidad en todo el territorio nacional del castellano y de las demás lenguas españoles en aquellas comunidades autónomas dónde se utilicen, de acuerdo con sus estatutos. En el intento de demonización de quien no esté de acuerdo con la doctrina nacionalista entra en juego también el área de los símbolos. Nadie puede pasearse por el centro de Barcelona o de Bilbao con una bandera española sin ser blanco de agresiones -físicas o verbales- de los piquetes y chivatos de los partidos nacionalistas. Eso sí, a los niños se les enseña el himno “Els Segadors” como fervientes patriotas en la televisión pública catalana. ¿Se imaginan cantanto en TVE a unos niños alguna de las versiones democráticas de la letra de la Marcha Granadera? Saldría rápidamente el san benito de fascista en boca de los líderes nacionalistas periféricos. Es curioso que desde los partidos nacionales, desde la opinión de la mayoría de los españoles, nunca se demonizan los símbolos regionales de las zonas gobernadas por nacionalistas, es más, en cataluña la señera fue la base para la creación de la actual bandera de España, y es una bandera vieja, representativa de la corona de Aragón, de su historia, y también del principado de Cataluña. Tergiversar la historia real en los colegios, incluso contra las opiniones de los historiadores a nivel mundial mas prestigiosos, es otro de los juegos favoritos de estos fanáticos, sedientos sólamente de poder y de poltrona. Olvidandose que los vascos, pasando por Juan Sebastián Elcano y Blas de Lezo, hasta intelectuales y escritores de renombre nacional e internacional como Pío Baroja o Unamuno, contribuyeron, orgullosos a la historia común de España. O que en Barcelona se habla abiertamente el catalán desde el siglo XIV, y que uno de los grandes escritores en español de los Siglos de Oro, Juan Boscán, era catalán. Podríamos hablar de Jaime I (Jaume I), orgulloso, ya antes de la unificación nacional, de su españolidad, o de más y más cosas que tenemos en común los españoles. Pero creo que sería alargar innecesariamente el artículo.
El caso es que todo esto viene a cuento de la necesidad de libertad en País Vasco y Cataluña, y de la necesaria reforma constituciona y electoral que hay que llevar a cabo en próximos años. Por eso, espero que los partidos nacionales, y los ciudadanos reflexionen sobre la traición de los nacionalistas al proyecto común, la imposibilidad de llegar a un pacto estable con ellos, y la necesidad de una ley electoral que impida que ochocientos mil votos tengan mas peso que cuarenta millones y coaccionen siempre la acción de gobierno: ver Estados Unidos, Gran Bretaña, o Francia.