Comentaba anoche en una taberna, con un amigo de Coomonte, la necesidad que tenemos en el pueblo de unas nuevas instalaciones deportivo-recreativas. Y mi compadre, cuyo nombre me reservo porque desconozco su voluntad de figurar en este escrito, confirmó una idea que ya tiene mucha gente en mente. Resulta que en diciembre del año dosmil seis se vino abajo el viejo frontón y su medio siglo de historia escrita entre pelotazos contra el ladrillo macizo. Era un frontón clásico en esta zona: una sóla pared, de no más de cinco metros de altura y un ensanchamiento en la base con dos funciones: reforzar la cimentación y marcar la línea bajo la cual el rebote no es válido. Es una pena, porque ya no se hacen frontones así, y ese tipo de canchas son típicas de esta zona, la pelota de una sola pared es un deporte autóctono. Ojalá, como recuerdo se dejen sus ruinas, o se levante otro del estilo, pero esto sería un mero divertimento etno-cultural que no trata exactamente del tema que nos ocupa. Comentaba con mi amigo, lo bien que nos vendría tener un frontón, alguna otra cancha más, por ejemplo, un nuevo campo de fútbol, más cercano al pueblo que el que tenemos, que a su vez podría ser reconvertido en pradera de paseo, una vez que se restauraran las eras.
Estábamos comentando estas cosas, cuando a mi interlocutor se le ocurrió la idea que nos faltaba: la tierra de Ozaniego. Un campo yermo, con dos encinas silvestres, y cuatro matorrales, que está inutilizado desde hace tiempo, y que ha servido para realizar espectáculos deportivos como el tiro al plato, algunos años en fiestas. Este uso es poco frecuente, y por lo tanto, no rentable si lo comparamos con lo que proponemos. La idea es la conversión de ese campo, con el debido acondicionamiento, nivelación a distintas alturas, y vallado, en un complejo recreativo, con un nuevo trinquete de dos paredes, un cámpo de fútbol, o cualesquiera otros menesteres, incluyendo, claro está bancos de descanso e incluso unas pequeñas gradas aprovechando el desnivel, con incluso techo sombreado, para que jubilados, niños y adultos puedan presenciar las distintas competiciones deportivas agusto, mientras degustan un trozo de jamón ibérico regado por una deliciosa jarra de vino de la tierra. Bastaría con pedir dos subvenciones y que el edil mayor diera un poco de guerra a las administraciones regional y provincial, para que el proyecto no resultara oneroso en el presupuesto del ayuntamiento. Saldríamos ganando todos. Y no me digan que no queda elegante.